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Comarca de Moncayo, Tarzona y Borja

Ayuntamiento de Tarazona

Ayuntamiento (Tarazona)

Torres de la Colegiata de Sta. María (Borja)

Torres de la Colegiata de Santa María (Borja)

Añón de Moncayo

Añón del Moncayo

Monasterio de Veruela

Monasterio de Veruela

Monasterio de Veruela

Monasterio de Veruela

Vistas aéreas

Vistas aéreas

Espacios turísticos

Moncayo, Tarazona y Borja

El Moncayo es "la montaña" por excelencia del paisaje zaragozano. Es fácil perseguir con la mirada sus cumbres, orna de vientos heladores, desde cualquier punto alto de la provincia. Ya en la infancia se aprende a distinguir su silueta que se dibuja solemne en el horizonte.

Desde siempre, los habitantes de la zona han frecuentado sus laderas en busca de frutos silvestres, caza o pesca. y han sabido sacar provecho de su riqueza forestal y minera. Pero también se ha creído hogar de seres mágicos y escenario de episodios legendarios en los que hasta el mítico Hércules se ha visto involucrado en sus disputas con Caco. despiadado ladrón de bueyes.

La capital más relevante del somontano del Moncayo es Tarazona, un tesoro a orillas del Queiles. Fue plaza fuerte de los celtíberos lusones, hábiles forjadores de espadas, y conoció momentos de esplendor en época romana bajo el nombre de Turiaso, como revela el hallazgo de una excepcional cabeza de Octavio Augusto.

Sin embargo, su etapa de mayor apogeo la vivió en  la Edad Media, convertida en un crisol alimentado en armonía por cristianos, hebreos y musulmanes . Un dédalo de angostas calles. con espectaculares casas colgadas y una judería bien conservada, abre la puerta al paseante a imágenes de aroma medieval. Como también lo hacen la Casa del Traductor, anterior en origen a la de Toledo, y la catedral. Nuestra Señora la Huerta. En ella se dan la mano motivos góticos y clasicistas con vistosas construcciones de aire andalusí, como el cimborrio, emparentado con el de la catedral de La Seo zaragozana, o el claustro, engalanado con delicadas celosías de yeso. Otros puntos de interés en la ciudad son el Palacio Episcopal y los conventos de la Concepción y Santa Ana, pródigos en vestigios mudéjares: la torre de Santa María Magdalena; el Ayuntamiento, con relieves renacentistas que reproducen hazañas de Hércules. así como la entrada de Carlos en Bolonia; y una sorprendente plaza de toros de perfil octogonal y viviendas en su interior erigida a finales del siglo XVIII.

De todo eso y mucho más disfrutan quienes recorren sus calles por cientos a finales de agosto, en las fiestas de San Atilano, para descubrir a un personaje ataviado de pies a cabeza con un insólito traje arlequinado, el Cipotegato, atravesando la ciudad a todo correr perseguido por una granizada de tomates.

En las cercanías de Tarazona, el Queiles nutre a otras localidades repletas de reclamos. Trama urbana de Malón, circular, cobija atrayentes palacios barrocos, junto con un Museo del Agua. El Ayuntamiento de Novallas ocupa una añeja fortificación templarla y en Tórtolas y Torrellas todavía quedan interesantes huellas de antiguas mezquitas. Por su parte, Los Fayos se esconde tras una impresionante pared de roca horadada por una gruta donde la tradición sitúa la guarida del cruel Caco. Y eso no es todo, pues no muy lejos se alzan, además, el imponente castillo de Grisel y el Museo de la Cerámica de Santa Cruz del Moncayo.

Unos kilómetros al sur de la capital turiasonense, la gran montaña cantada por los poetas y considerada mágica durante generaciones se enseñorea en el Parque Natural del Moncayo.

Protegido por las leyes desde 1927, este frondoso vergel sirve de refugio a una variada fauna y congrega más de 1.300 especies vegetales en muy distintos ambientes escalonados en altura. Así, es posible encontrar desde robledales o hayedos propios de la Europa Central hasta plantas habituadas a resistir las condiciones extremas de cumbres y circos glaciares, junto con bosques de pinos o formaciones de acebos sobre escarpadas pendientes. En Agramonte se ha creado el Centro de Interpretación del Parque desde donde parten rutas que ascienden por las faldas hasta las cimas más altas del Sistema Ibérico, teñidas por la nieve gran parte del año. Y en Añón del Moncayo un segundo centro recrea actividades tradicionales relacionadas con la explotación de los recursos naturales del lugar.

El monasterio amurallado de Santa María de Veruela es uno de los tres grandes complejos cistercienses de la provincia y el más temprano de los fundados en Aragón.

Se comenzó a edificar a mediados del siglo XII sobre unos terrenos cedidos a monjes llegados de Francia por un noble aragonés y hoy reúne monumentales dependencias monásticas de diferentes épocas y estilos. En los meses de verano, convertido en activa sede de conciertos y exposiciones, convoca a multitud de asistentes. Éstos suelen completar su estancia con una visita al Museo del Vino allí instalado, donde se dan a conocer los caldos de la Denominación de Origen Campo de Borja.

En las cercanías de Veruela, a la sombra del Moncayo, se acomodan varias poblaciones cargadas de historia y leyenda. Todas ellas poseen un denominador común, la existencia de sólidas fortalezas en un área fronteriza entre tres beligerantes reinos: Aragón, Castilla y Navarra. Entre las mejor conservadas figuran las de Litago y Lituénigo.

Próximos, destacan los baluartes defensivos de Vera del Moncayo, cuya iglesia de la Natividad acoge retablos procedentes del Monasterio de Veruela, Alcalá del Moncayo y Ación del Moncayo. Un caso aparte lo constituye el castillo de Trasmoz, sede de una exposición permanente sobre la brujería basada en las historias fantásticas y los supuestos aquelarres organizados en el interior de sus murallas.

La actual Borja, descendiente directa
de la celtíbera Bursau, ostenta la capitalidad de un territorio próspero gracias a la calidad de sus productos de origen agrícola, en especial el vino y el aceite.

En estrechas vías y plazas porticadas, además de una sugestiva judería, se distribuyen un nutrido conjunto de edificios religiosos e interesantes palacios de los siglos XV y XVI. Al primer grupo pertenecen la colegiata de Santa María, las antiguas parroquiales de San Miguel y San Bartolomé, y los conventos de Santa Clara, la Concepción y Santo Domingo. Y al segundo, entre otras, la denominada Casa de las Conchas, la actual Casa Consistorial y la residencia de María Aguilar. Ya en el extrarradio se localizan el Santuario de la Misericordia, la mudéjar Casa de la Estanca, revestida con motivos romboidales, y la ermita del Calvario, templo renacentista de carácter funerario y planta circular.

En toda la zona se mantiene visible la impronta dejada por las Órdenes Militares. Mallén fue cabeza de la encomienda de San Juan de Jerusalén, que heredó las posesiones del Temple y extendió su dominio a Novillas, Alberite de San Juan, Ambel, Fuendejalón y Talamantes, como acreditan iglesias, castillos y palacios. Mientras, la dinámica presencia de la población morisca se advierte en los edificios mudéjares de Magallón. Y lo mismo ocurre en las citadas Alberite y Ambel, así como en Agón, Bulbuente, Pozuelo de Aragón y Tabuenca.

No se puede abandonar esta zona sin dejarse sorprender por el patio de columnas que guarda el palacio de los duques de Villahermosa en Fréscano, sin haber paseado por el pintoresco Bisimbre o sin haber probado los cavas y vinos dulces de Ainzón, centro regulador de la Denominación de Origen Campo de Borja.

Los hermanos Bécquer en Veruela
Varias estancias del Monasterio de Veruela evocan la presencia de Gustavo Adolfo Bécquer quien, en 1863, se instaló en las celdas del convento durante una larga temporada en compañía de su familia y de su hermano Valeriano. El escritor sevillano, con graves problemas de salud, concibió aquí algunas de sus más afamadas narraciones, que hunden sus raíces en leyendas locales. Con su pluma inmortalizó a gentes, creencias y tradiciones del lugar a la vez que su hermano, diestro dibujante y pintor, hacía lo propio con sus lápices y pinceles.

El espectáculo de los dances
Bajo la atenta mirada de las crestas del Moncayo se mantiene milagrosamente vivo un espectáculo del folclore español, la representación de los llamados dances o palotiaus. Durante las fiestas patronales de numerosas poblaciones, en las plazas mayores, frente a la iglesia, grupos de jóvenes vestidos con coloristas ropajes escenifican esta ceremonia. En ella se mezclan música, baile y teatro en un simbólico enfrentamiento entre las fuerzas del bien, que capitanea un ángel, y las del mal, encarnadas en la figura del diablo.

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