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Espacios turísticos

Aranda, Jalón y Jiloca

El Jalón y sus afluentes marcan el ritmo vital de un territorio de amplia variedad paisajística. A lo largo de la historia, las gentes se han agrupado en sus riberas atraídas por el regalo del agua, del que han sabido sacar provecho en forma de huertas rebosantes de frutas y verduras, así como de un vino de justificado renombre.

Llave de paso entre el Valle del Ebro y la Meseta desde la Antigüedad, durante la Baja Edad Media la zona se vio sembrada de inexpugnables castillos e iglesias fortificadas con los que reafirmar las tesis defendidas por Aragón en sus violentas disputas con Castilla. La toponimia desvela, a su vez, el pasado islámico de algunas de sus poblaciones (Moros, Morés, Morata), certificado por un acopio de monumentos mudéjares de incomparable belleza.

La parte noroeste de estas tierras se emplaza en pleno Sistema ibérico, con ásperos roquedales entre los que se abren paso con tenacidad los cursos fluviales. La abundancia de piedra permitió la construcción de pétreos templos y baluartes defensivos en Calcena y Trasobares, si bien el mudéjar no está del todo ausente, como refrendan los campanarios de Tierga y Mesones de Isuela.

Esa convivencia de estilos tiene su mejor exponente en el castillo de Mesones. En uno de los torreones de su poderosa muralla Lope Fernández de Heredia, arzobispo de Zaragoza, ordenó edificar en el siglo XIV una capilla con una techumbre de madera de influjo sevillano que decoró con delicadas pinturas góticas, una de las más seductoras joyas del mudéjar aragonés.

En la cuenca del río Aranda, productivo foco de la industria del calzado, se redobla esa alternancia entre piedra, ladrillo, madera y yeso. De piedra son las fortalezas de Aranda del Moncayo, Jarque y Sestrica, así corno el convento dominico de la Consolación en Gotor. Los cuatro materiales citados se combinan en armónica conjunción en el castillo-palacio de los Martínez de Luna de Illueca, donde vino al mundo el pontífice Benedicto XIII, hoy convertido en una hospedería. Las bóvedas del templo parroquial de la población se revistieron de yeserías de tradición mudéjar en el siglo XVII y algo parecido sucedió en la cercana Brea de Aragón, cuya iglesia de Santa Ana, de piedra, fue tapizada en su interior con un manto decorativo en yeso de similares características.

La vega media del Jalón se halla articulada por Calatayud. Los edificios en ruina de su predecesora, la romana Bílbilis, se alzan desafiantes a escasos kilómetros, junto a un centro de interpretación del asentamiento. Tras su definitivo declinar, la actual población adquirió gran relevancia.
En época islámica se fechan las fortalezas que dominan el caserío. Pero la presencia musulmana no concluyó con la conquista cristiana, pues se mantuvo visible durante centurias gracias al arte mudéjar. De los muchos edificios de este estilo con que contaba la villa sobreviven las aguzadas torres de San Andrés y de Santa María, templo con una regia portada renacentista, junto con tramos de iglesias como la colegiata del Santo Sepulcro o Nuestra Señora de la Peña, reformadas durante el Barroco. También son barrocas las fábricas de San Juan el Real, con pinturas de Goya, y de San Benito, que contrastan con las formas góticas de San Pedro de los Francos o con la austeridad de las monumentales puertas que conducen hacia Zaragoza y Terrer.

Al norte de Calatayud, camino de Soria, los ríos Manubles y Ribota discurren paralelos. Al primero se asoman, entre otras poblaciones, Torrijo de la Cañada, con singulares iglesias góticas y casas señoriales, Torrelapaja, con un templo gótico y un palacio renacentista de aromas castellanos conocido como hospital de San Millón, y Malanquilla, donde se mantiene en pie un molino de viento que parece extraído de las páginas del El Quijote.

El cauce del Ribota, por el contrario, es el reino del mudéjar, con muestras tan espectaculares como las iglesias de Torralba de Ribota, Cervera de la Cañada o Aniñón. Los rayos del sol y la profusión de elementos ornamentales dotan de inmaterialidad tanto sus exteriores como sus interiores, convirtiéndolas en espejismos de luz y color. Ese estallido de luminosidad tiene notables paralelos al Sur de la capital bilbilitana, en las márgenes de los ríos Jiloca, Perejiles y Grío. Allí se localizan enclaves como Maluenda, Velilla de Jiloca, Morata de Jiloca, Belmonte de Gracián, así llamado en honor del pensador jesuita Baltasar Gracián, hijo del lugar, y Tobed, todos con renovadas evidencias de la originalidad mudéjar. Pero los encantos de la zona son muy variados, pues en ella también se pueden visitar las antiguas manufacturas de cerámica y pólvora de Villafeliche o las ruinas de Segeda, cercanas a Mara.

De vuelta en el valle del jalón poseen un particular interés las siempre presentes torres mudéjares en Terrer y Ateca, que cuenta con una de las más antiguas, así como los restos de la romana Arcóbriga en Monreal de Ariza, la grandiosa iglesia tardogótica de Santa Ana de Ariza y las fortalezas de Godojos y Cetina, donde contrajo matrimonio Francisco de Quevedo y bajo cuya atenta mirada se representa en una noche de plenilunio de mediados de mayo, a la luz de las antorchas, una contradanza que cada año atrae a más espectadores y en la que el diablo y la muerte acaparan los papeles protagonistas.

En el término de Nuévalos se localiza el Parque del Monasterio de Piedra. Junto a un antiguo cenobio cisterciense fundado a finales del siglo XII, la corriente del río Piedra ha modelado la roca durante milenios hasta dar forma a sorprendentes lagos naturales, profundas grutas y espectaculares saltos de agua acompañados de agrestes bosques de ribera y un ecosistema particular de gran diversidad biológica.

No muy lejos abren sus puertas varios centros de aguas termales, que afloran en los municipios de Alhama de Aragón, Paracuellos de Jiloca y Jaraba. Todos ellos conjugan el ambiente tranquilo y acogedor de los balnearios decimonónicos, ideales para el reposo, con modernas instalaciones capaces de ofrecer a sus visitantes atrayentes propuestas con aguas minero-medicinales, declaradas de utilidad pública, para la mejora de su bienestar físico. El entorno de estos centros de salud y confort es, al mismo tiempo, perfecto para pasear en plena naturaleza o para practicar deportes al aire libre.

Más al norte, el .Jalón baña la vega de Chodes, con una personal trama urbana alrededor de una plaza ochavada, Morata de Jalón, que acoge un arquetípico palacio barroco, con una galería escultórica en su exterior y una planta en forma de H en la que se integran una plaza, la iglesia y unos jardines. Ricla, famosa por su espigada torre mudéjar, La Almunia de Doña Godina, paraíso de los frutales y cuya más preciada alhaja es la ermita románica de Cabañas, con un suntuoso interior animado por coloristas pinturas, y Calatorao, capital de la piedra caliza negra.

Estamos ya a las puertas de Zaragoza, pero antes de tocar en ellas conviene deambular por Épila, que reúne, en lo alto de una escenográfica escalera, el palacio del Conde de Aranda y la neoclásica iglesia de Santa María la Mayor. Esta población agrupa la mayor densidad de viviendas, corrales y bodegas rupestres de la provincia, una práctica que se repite en Rueda de jalón, donde se alza imperturbable, como orgulloso mascaron de proa, el castillo en que encontró refugio el último rey moro zaragozano. Sólo el tupido bosque de modernos molinos de viento surgido como por hechizo en torno a La Muela nos separa ya de la capital del Ebro.

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