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Ebro Central

El corazón de la provincia de Zaragoza está surcado por tres cursos fluviales que lo vertebran. El principal es el Ebro, que corre hacia el mar en compañía del canal Imperial. Su construcción se inició en el siglo XVI, en tiempos de Carlos V, si bien no se concluiría hasta trescientos años más tarde convertido en uno de los hitos hidráulicos de la Ilustración europea. Los otros dos afluentes son el Gállego, procedente del Norte, y el Huerva, nacido en las sierras meridionales. Ambos alimentan el caudal del Ebro a su paso por la capital aragonesa.

Las tierras bañadas por estos tres ríos tienen un origen sedimentario. Son pródigas en fértiles huertas pero escasas en canteras de piedra. Ese condicionante natural, más una historia enriquecida durante centurias por la presencia musulmana, han hecho de las torres mudéjares de ladrillo las máximas protagonistas de los horizontes humanos. Las hay de diferentes épocas y tipologías, y muchas de ellas conservan la estructura de sus antepasados, los alminares islámicos.

Entre Gallur y Zaragoza se suceden las iglesias con campanarios edificados de acuerdo a sistemas de raigambre andalusí. Pradilla, Grisén, Bárboles, Torres de Berrellén, Pinseque y Monzalbarba subyugan a sus visitantes con sus altivas atalayas. Pero, quizá, las más espectaculares sean las de las iglesias de San Pedro de Alagón, donde Pedro N el Ceremonioso celebró unas bodas reales, y la Asunción de Utebo. En esta última, un encaje de cerámica vidriada se une a los dibujos geométricos trazados en ladrillo para, en los días soleados, transformar simples muros en mágicas alfombras multicolores.

Sin embargo, los encantos de la zona no se limitan a la arquitectura mudéjar. Merece la pena acercarse a una antigua posesión templaria como es Boquiñeni, tomarse un respiro ante la iglesia gótica de Luceni, admirar el milenario dique romano de Cabañas de Ebro y visitar el palacio ducal de los Villahermosa en Pedrola o la mansión condal de los Sobradiel. Asimismo, tienen un interés particular las vecinas Alcalá de Ebro, donde Cervantes imaginó la Ínsula Barataria gobernada por Sancho Panza, Figueruelas, uno de los epicentros de la industria automovilística europea, y Remolinos, cuya parroquia se adorna con pinturas de Goya. Esta población está rodeada por unas sorprendentes minas de sal excavadas en las colinas que custodian el caserío. Comenzaron a ser explotadas antes de la llegada de los romanos y durante siglos fueron los monarcas aragoneses quienes fiscalizaron la extracción de tan valioso mineral.

Pese a la devastación sufrida por la ciudad durante los dos asedios a que fue sometida durante las guerras napoleónicas, la siempre hospitalaria Zaragoza conserva como oro en paño fascinantes retazos de su fecunda historia. Fue fundada por los romanos en tiempos de su primer emperador, César Augusto, del que tomaría el nombre. Y vivió décadas de bonanza al amparo de las águilas de Roma, como atestiguan los restos de su foro, su teatro o un espacioso puerto fluvial.

Más tarde, se convirtió en plaza fuerte de los musulmanes y en el siglo XI el castillo de la Aljafería, cuya arquitectura preludia la Alhambra nazarí, acogió una de las Cortes más celebradas no sólo de al-Andalus sino de todo el Islam.

Tras la conquista cristiana se levantaron templos románicos, góticos y mudéjares, estilos todos presentes en la catedral de El Salvador, más conocida como La Seo. Y junto a ellos numerosas casas palaciegas, algunas aún en pie, que en el Renacimiento hicieron de Zaragoza una ciudad con "sabor a Italia", a decir de los viajeros. En un Barroco clasicista se reedificó en el siglo XVIII su monumento más emblemático, la basílica del Pilar, donde se da culto a su imagen. Virgen de devoción universal y en cuyo honor se celebran cada octubre multitudinarios festejos. Pero la Historia no se detiene y la ciudad afronta el siglo XXI con un colosal impulso modernizador que tiene su foco de referencia en la Exposición Internacional de 2008.

En el territorio atravesado por el Ebro tras dejar a su espalda la capital aragonesa abundan de nuevo las poblaciones con fortificaciones de origen musulmán y airosas construcciones mudéjares como Mediana de Aragón, La Puebla de Alfindén, Pastriz, Alfajarín u Osera de Ebro, junto con enclaves que añaden a éstas propuestas diferentes. Tal es el caso de El Burgo de Ebro y, sobre todo, de Fuentes de Ebro, famosa por sus cebollas, su longaniza, los vestigios romanos del yacimiento de La Corona y su festival de cortometrajes. Otro punto de notable interés es La Cartuja, que debe su nombre al monasterio de La Concepción o de Miraflores, cuyas dependencias mantienen parte de la grandiosidad de que disfrutó el conjunto conventual en el pasado.

Los amantes de la naturaleza podrán admirar los llamados galachos del Ebro, antiguos brazos del río que hoy, aislados, han dado forma a lagunas próximas a sus dos márgenes. Se trata de valiosas Reservas Naturales donde encuentran abrigo infinidad de especies animales y vegetales. Se hallan abiertas a todos aquellos dispuestos a disfrutar de un oasis de paz a pocos kilómetros del bullicioso casco urbano de Zaragoza. Observatorios, senderos señalizados y centros de interpretación facilitan la visita y ayudan a conocer mejor estos singulares ecosistemas.

Al Norte de la capital aragonesa se emplaza el Galacho de Juslibol, a los pies de los restos de un castillo desde el que las huestes aragonesas prepararon la conquista de la Zaragoza musulmana. Al sur, con accesos desde Pastriz y La Puebla de Alfindén, se localiza el de La Alfranca y no muy lejos los de La Cartuja y El Burgo de Ebro.

Si se remonta el cauce del Gállego desde Zaragoza, una de las primeras sorpresas que aguardan al visitante, tras un sólido perímetro amurallado, es la Cartuja de Aula Dei, fundada en 1564. Las paredes de uno de los edificios monacales, distribuidos alrededor de un evocador patio, fueron decoradas por Francisco de Goya a finales del siglo XVIII con varios episodios de la vida de la Virgen.

Hasta hace unos años sólo los varones podían acceder al recinto, ocupado por monjes de clausura. Actualmente se ha construido un pasadizo subterráneo que desemboca directamente en la sala donde se hallan las pinturas con el fin de que todos los visitantes puedan contemplarlas, tras reserva previa de día y hora.

Cerca, en la margen derecha del río, se extienden los vastos pinares de Villanueva de Gállego y Zuera, mientras que en la izquierda se encuentran Villamayor y, algo más al norte, Peñaflor y San Mateo de Gállego. Las tres últimas poseen iglesias con torres mudéjares decoradas con motivos en resalte, que producen cambiantes juegos de luces y sombras según varía el grado de inclinación de los rayos del sol. Y algo más sobrios pero igual de majestuosos resultan los campanarios de Perdiguera y Leciñena, en el piedemonte de la Sierra de Alcubierre. En dirección contraria, las carreteras que parten de Zaragoza hacia el sur conducen al viajero hacia las tierras vitícolas de Cariñena. Pero antes de llegar a ellas, en la vega del río Huerva, se hallan varios núcleos de poderoso atractivo. El primero es el monasterio de Santa Fe, en las proximidades de Cadrete, cuya monumentalidad y estado de conservación impresionan a pesar de su condición de lugar deshabitado. Y sólo unos kilómetros más adelante se descubre sobre la solitaria altiplanicie de Botorrita. Este municipio es conocido internacionalmente por las ruinas de Contrebia Belaisca, ciudad celtíbera intensamente romanizada que ha procurado a los arqueólogos hallazgos de excepcional interés.

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